miércoles, 1 de marzo de 2017
Los Perros del Lago Guija - El Salvador
Durante mis viajes como consultor por América Central, tuve la oportunidad de compartir algunas historias y experiencias. Esta la viví en el hermoso país de El Salvador. Ahí escuché uno de los relatos más extraños, el que llamaré "Los Perros del Lago Guija".
El Lago Guija se encuentra localizado en la frontera de El Salvador con Guatemala, a unos pocos kms de ahí se encuentra la finca "El Descanso", propiedad de Don Alberto Reyes, un señor que cuando lo conocí, tenía unos 60 años, medía un poco más de 1.50 mts de altura, tez oscura y una voz grave, típica de aquellos señores de campo.
Don Alberto, era abuelo de unos de mis compañeros, por lo que para él, era un placer atendernos en su finca. Luego de acomodarnos en nuestros cuartos, dimos un recorrido por el lugar y nos acercamos al ya mencionado Lago Guija. Ahi, nos sentamos en una de sus orillas a tomarnos un café, mientras lo hacíamos, Don Alberto nos señaló un lugar al otro lado del lago y nos dijo... "Nunca vayan a ese lugar, si alguien los invita a acercarse por ahi, no acepten, ahí aparecen Los Perros del Lago Guija", dijo con un tono de voz muy serio.
"¿Los perros del lago?" dije incrédulo, "si son perros, con palos y piedras los podemos ahuyentar", le respondí mientras reía. Don Alberto solo me volteo a ver y me dijo muy seriamente "Créame joven que necesitara mas que palos y piedras para ahuyentar a esos perros, déjenme contarles...".
Don Alberto, se sentó, encendió un cigarro y comenzó su relato.
"Tenia unos 20 años, cuando mi abuelo me envió a buscar leña al bosque para cocinar, me subí en mi caballo y empecé a galopar hasta un lugar cerca del Lago Guija, cuando escuché unas risas como de un grupo de personas jugando y lanzándose al lago, se escuchaban voces de hombres y mujeres, no entendía lo que decían porque estaba un poco lejos, pero me llamo la atención que dentro del bosque estuvieran tantas personas.
Me bajé y me fui acercando poco a poco hasta que llegue a un lugar desde donde podia ver claramente al grupo. Lo que vi, me dejo sin palabras... ya que las personas que escuchaba, eran en realidad perros... si, perros, eso si, cada uno, tenía la cara de una persona.. es decir, cuerpo de perro, cabeza de persona... medían alrededor de 1,5 metros de alto, cada uno tenia una cabeza distinta, habían unos blancos, morenos, hombres y mujeres.
De la impresión y el miedo que sentía las piernas me empezaron a temblar, no sabía si correr, gritar o que hacer, ya que los perros eran demasiado atemorizantes... tomé un poco de valor y despacio retrocedí un poco para salir del lugar, sin embargo, al dar la vuelta me tropecé y caí en las raíces de un árbol, inmediatamente todos los perros se callaron, voltearon sus cabezas en la dirección donde yo estaba en el piso y tres de ellos empezaron a correr hacia mí, ladrando y gritando muy fuerte.
Me levanté y corrí hacia mi caballo, sin embargo, los perros rápidamente me dieron alcance, uno se me abalanzó por la espalda y me hizo caer, los otros dos, empezaron a morderme el pantalón halandome hacia el lago, el otro perro se colocó sobre mi y pude ver su rostro, era el de un hombre blanco, con los ojos completamente negros, sacaba su lengua larga y muy roja, tenia mucha espuma en su boca, como si tuviera rabia, con sus patas empezó a arañarme el pecho rasgando completamente mi camisa y enterrando sus uñas en mi piel, mientras yo trataba con mis manos de hacerlo hacia un lado para que no me mordiera.
Estuvimos luchando apenas unos segundos, hasta que escuché un disparo que le dio justo al perro que tenía encima en uno de sus ojos, el perro salió corriendo, al igual que los otros que me estaban mordiendo las piernas. En eso vi a mi abuelo que me decía "¿Estas bien hijo?", yo no sabia ni que decir, me ardía mucho el pecho y estaba sangrando mucho, al igual que mis piernas. Mi abuelo sin decir nada, solo me levantó, me llevó a su caballo y regresamos a su casa. Mi madre y mi abuela me curaron las heridas que tenia en el pecho y en las piernas. A los días cuando ya me pude levantar, fui donde mi abuelo a preguntar que había pasado, pero no me dijo nada, lo único que hizo fue hacerme jurar que nunca más iría a ese lugar".
El rostro de Don Alberto estaba muy tenso cuando terminó el relato, tomó un poco de aire y apagó su cigarro. Todos lo veíamos con cara de incredulidad, era una historia interesante, pero no como para hacerle caso. Don Alberto, como adivinando nuestros pensamientos, nos dijo:
"Sé que no me creen la historia, así que solo me queda hacer esto..." y se levantó su camisa mostrándonos su pecho... estaba lleno de cicatrices, como si le hubiesen dado de latigazos ya que cruzaban por todo su cuerpo de un lado a otro, cada cicatriz media como media pulgada de grosor. Todos nos quedamos callados y nadie más cuestionó la historia de Don Alberto.
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